He recogido luz de los charcos de los callejones, la misma luz que del brazo iluminó nuestro Madrid. Prometí no volver a mirarte, pero cuando cierro los ojos, los tuyos se clavan en mi pecho y me astillan sin piedad todos los huesos. Y te apareces en mis sueños para amargarme las mañanas. Desayuno tu recuerdo, y me arranco las legañas maldiciendo tu nombre a gritos por todas las ventanas. Dame treinta minutos nada más.
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